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Primitivo y su (la) Naturaleza

Han de correr malos tiempos para que la inteligencia sea una carga...”

de la novela “El legado del Sofer”

Primitivo sacudió, exprimió desde la base, volvió a sacudir, molesto consigo mismo y con los médicos, esos traficantes con licencia, armados de venenos y cuchillos, dedicados a mantener la esperanza del paciente hasta que la naturaleza haga lo suyo, si es que antes no te matan enriqueciendo a un laboratorio o satisfaciendo su morbo; concluyó que en cuestiones de próstata inflamada, como le dijera una vez un español, el único remedio era ajo y agua... “a joderse y aguantarse”.

Enfundó y volteó hacia el lavabo; tomó un poco de detergente en polvo de un fondo de botella cortado a cuchillo y se restregó las manos, una, dos, tres veces, afanado en eliminar la suciedad que le sugería el olfato. Fue inútil.

Su mirada recorrió las paredes mugrientas y descascaradas buscando con qué secarse. Hubiera sido sorprendente no encontrar nada si no se tratara precisamente del baño de aquella cantina, que había conocido mejores tiempos y que sólo seguía existiendo por la fidelidad irracional de algunos parroquianos; resignado, pasó los dorsos de sus manos por la espalda, las palmas por los ijares, y se puso la chaqueta.

Al salir se encontró de frente con Beato, un joven en sus treinta, muy devoto y apartado de la canonización por ríos de tequila y cordilleras de pecados. Superada la sorpresa del intempestivo encuentro, intercambiaron holas y se estrecharon las manos; las de Primitivo todavía húmedas.

–¡Dios santo, Primitivo! Podrías haberte secado, ¿no?

–¿Secado? –dijo con una sonrisa ladina– Pero si no me lavé.

Beato lo miró desconfiado. No entendía, pero esa sonrisa... y además, conociéndolo; algo tenía que haber. Varios segundos después (eternos para Primitivo, tediosos, suficientes para exaltar su desdén) Beato cayó en cuenta y exclamó espantado:

–¡Jesús bendito! ¡Qué asco! Tú y tus bromas pesadas: Dios te va a castigar...

Primitivo pasó de costado entre el otro y la pared del pasillo, sonriendo, y al aproximarse sus cabezas le dijo en voz baja, como confiándole un secreto:

–Esa profecía es vieja; el Cabrón ya la cumplió.

Cuando Beato regresó a la barra, Primitivo iba a la mitad de un vaso de aguamiel que observaba absorto, como si en él residieran las respuestas a los misterios del universo que sus contertulios deliberaban. Uno de ellos, un tal Inocensio, intentó rescatarlo de su trance preguntándole:

–¿Qué piensas, viejo? ¿Por qué los hombre nos apendejamos tanto con las mujeres?

Beato se apresuró a responder, ante el silencio tolerante de los demás; beneficio ganado a pura necedad y concedido por la culpa de quienes nunca atendían sus opiniones.

–Dicen las Escrituras, que abarcan todo el saber, que la mujer se confabuló con la serpiente y llevó al hombre a la perdición tentándolo con el fruto del árbol del conocimiento. Desde entonces nos hacen tontos.

El comentario de Beato se hubiera olvidado de inmediato si Primitivo no lo rescatara aludiéndolo al responder sin dejar de mirar el vaso:

–Si la Biblia abarca todo el saber, leerla sería tan pecaminoso como comer la dichosa manzana. ¿O no? Sin embargo, Beato tiene razón, el conocimiento nos condena. No hay duda: la estupidez es la elección correcta; el verdadero camino a la felicidad. –hizo una pausa torciendo la boca, cogitando– Las mujeres no tienen nada que ver; somos pendejos y punto. Paco de Quevedo dijo que todos los que parecen estúpidos, lo son, y que también los son la mitad de los que no lo parecen. Para mí que con la mitad se quedó corto. En fin, los humanos se parecen más a sus tiempos que a sus padres.

El grupo quedó desconcertado; esperaban una de aquellas bromas memorables que Primitivo solía obsequiarles, pero nada... No estaba de humor. El único ajeno a tal expectativa era Beato, boquiabierto, fijos los ojos en el crucifijo que colgaba encima del estante de los tequilas añejos, al otro lado del mostrador.

Primitivo captó la desazón de los muchachos en los reflejos del vaso; sintió culpa, como si les hubiera quedado a deber algo, de modo que decidió agregar:

–Y otra vez tiene razón Beato, tan absorto en la contemplación del más elevado y añejo de los tequilas opiáceos: El primero que comparó a la mujer con una flor, fue un poeta; el segundo, un imbécil.

Con el último trago de aguamiel, se disculpó en silencio: Pardon Voltaire, mon sauveur éternel”. El testimonio de las carcajadas alegó a favor de que su deuda estaba saldada. Se despidió de todos e inflexible ante los una-más y los es-temprano, se marchó.

Primitivo caminó hacia su casa por la avenida, ocho cuadras largas, arrastrando a paso cansino sus más de seis décadas, mirando hacia abajo y un poco adelante.

Iba pensando –mientras la brisa nocturna le sugería que el pelo entrecano y la blanca barba requerían atención– que él no estaba traicionando a nadie; acaso un poco a sí mismo, pero a nadie más. Si se sentía culpable, tenía que ser sólo de eso; porque no aborrecía a esos muchachos, se compadecía de ellos, de su supina ignorancia; le subía a la garganta una angustia de amorosa piedad que sólo conoce un padre que contempla a su bebé mongólico. Y sin embargo, sabía que aquella ignorancia era un escudo que los mantenía a salvo, que quien no encajaba en el mundo era él.

Permítame aclarar, lector desprevenido, que Primitivo no era una persona común. La naturaleza se había empeñado, quizá intentando redimirse, en ordenar sus genes de tal manera, que él percibía la realidad diferente al resto de los mortales. Le resultaba obvio, por ejemplo, que la sociedad estima cinco mil veces a un jugador de fútbol que a un maestro (esas eran sus cuentas según lo que ganaba cada uno); que la democracia es una falacia en la que quienes necesitan pertenecer a algo son usados por los que necesitan que todo les pertenezca; que el imperio romano nunca había caído, sino que había cambiado de estrategia, reclutado a Dios en desmedro de su ejército, a lo que agregaba golpeandose la sien con el índice: “...era un genio ese Constantino”; e infinidad de otras cosas que yo, que soy de lo más común y corriente, nunca comprendí del todo.

Hasta el origen de su nombre explica mucho sobre Primitivo; porque ése, que había pasado ser su nombre real, más real que el otro, no era el que constaba en sus documentos.

Ocurrió hace unos cuarenta años, cuando la cantina era más que decente, y había toallas en los baños, y música, y mucha gente los viernes por la noche, y un muchacho de veinticuatro años hacía tintinear los hielos del whisky sentado en su mesa habitual, con las piernas cruzadas y rodeado de amigos bulliciosos. Él no participaba de la gritería; miraba, con la frente arrugada y juntando un poco las cejas, hacia la barra; dos jóvenes revoloteaban en torno a unas muchachas, bonitas por cierto, exhibiendo las llaves de un carro, abriendo la cartera y haciendo movimientos ridículos para dejar ver relojes y otros destellos... De pronto giró la cabeza hacia sus compañeros y, ante el súbito silencio (porque ya entonces los comentarios de aquel muchacho eran apreciados y esperados), dijo:

–¡Qué primitivos somos! ¿Se dan cuenta? Miren a esos dos de ahí, desplegando sus colas de pavo real, dando kikiriquís y esparciendo feromonas desde el bolsillo. Un ritual de apareamiento, eso es lo que es. Como para la National Geographic: bípedos, mamíferos, implumes, ¡primitivos! Carajo, ¡qué primitivos! Y al lado nuestro son unos dandis.

–Esos dos son primos, hijos de los Montejo –dijo uno que ya murió hace tiempo.

–Pero no son sólo ellos; todos somos iguales. ¡Primitivos! No orinamos árboles pero guardamos títulos de propiedad: ¡primitivo!; le damos más valor a lo que brilla que a lo que se come: ¡primitivo!; a las preguntas cuyas respuestas desconocemos las contestamos con mitos y dioses: ¡primitivo! Nos creemos muy evolucionados y hacemos de la ciencia una religión que, con las matemáticas por evangelio, con liturgias de sotanas blancas y una teología mediocre e incompleta, concibe al infinito y a la eternidad en un solo sentido, buscando el principio, y derogando sus propias leyes con teorías. ¡Eso sí que es primitivo! ¿Se dan cuenta?

–No te amargues, “Primitivo”. –dijo el que ya murió, sin darse cuenta de que aquello duraría más que él mismo– Son celos. Tomate otra, esta ronda va a mi cuenta...

Aquella noche empezaron a llamarle “Primitivo”, y él a responder, y se le quedó.

Dijo una vez (en el velorio del finado que lo rebautizó, creo), que aquello era un gran encomio, porque perteneciendo a una especie que involuciona, la condición de primitivo lo elevaba a una categoría que no merecía”. Todos entendieron: no le molestaba el mote.

Ocho cuadras largas, mirando hacia abajo y un poco adelante, hasta que llegó a su casa, modesta y austera; con todo lo necesario, pero nada más. Entró, tomó una ducha, y desnudo, al cobijo de la intimidad, se preparó un café; todavía meditativo, pero absolutamente resuelto: se iría a vivir al campo, solo, o mejor dicho, más solo. Ya no quería sentir lástima ni culpa.

Vender su casa no sería un problema, el vecino de enfrente estaba comprando propiedades en la zona y ya le había hecho una buena oferta. Cambiaría el carro por una camioneta; con algo de suerte, hasta le sobraría dinero.

Aunque no le faltaba nada, Primitivo no era rico. Y no era rico porque no quería, según él mismo comentó ante la atenta mirada de los muchachos, que no dudaron ni por un instante de la veracidad de aquello. Dijo que cada billete de más que entraba en su bolsillo salía irremediablemente del bolsillo de otro, y que no quería ser culpable del hambre de nadie; agregó, como justificando aquella primera sentencia, que “generar ganancia no es generar riqueza; la riqueza la crea el pobre con sus manos; la ganancia la hace eldéspota con abusos”. Ninguno estuvo de acuerdo, y cuando Primitivo se retiró, los demás discutieron el asunto. Finalmente todos apoyaron la teoría de Inocensio; era una de esas estupideces de genio”, y tras lograr el consenso, agregó: “Si yo supiera lo que sabe ese chingonazo...”.

En fin, el caso es que tres semanas después de aquella noche de desnudez, café, meditación y resoluciones, la casa estaba vendida y Primitivo buscaba en su camioneta nueva algún rancho por caminos secundarios del interior del Estado. Y no tardó en encontrarlo. A unos veinte kilómetros de Celestún le ofrecieron una hermosa granja, rústica pero bien cuidada, por apenas una fracción de lo que había obtenido por su casa. Doce hectáreas de arboles frutales, huerta, gallinero, molino, luz eléctrica, todo... Hasta el nombre era perfecto: “El Orejano”. “Por más que lo hubiera pensado”, se dijo a sí mismo de regreso a la ciudad, “difícilmente se me ocurriría un nombre más apropiado”.

Aquella noche él invitó todas las rondas, y Beato, más feliz que si lo hubiera bendecido el Papa, tuvo una idea brillante:

–Oigan, oigan: ¿Qué tal si vamos todos a conocer la granja el fin de semana que viene? Podemos ayudar a llevar tus cosas y preparamos una buena carne a la parrilla.

Aprobación unánime. Beato experimentó, por primera vez creo, la enorme satisfacción de no ser ignorado por el grupo. Tequila gratis, atención, aprobación, hasta algunas palmadas en el hombro: si aquello no era el cielo, debía parecerse mucho.

Dos camionetas y media para los libros; del resto se llevó Primitivo lo que cupo en los vehículos; lo que no cupo lo regaló. Estaba contento. Además de haber cumplido su deseo, aquella reunión con los muchachos era una especie de despedida; no de ellos, que seguramente lo visitarían de vez en cuando, sino de la vida que dejaba.

Sería libre por fin de limitar el contacto con la sociedad a su conveniencia; de deliberar con su “demonio tutelar”, como lo hiciera Sócrates, desdoblándose, debatiéndose, corroborándose, apuntando la Mayéutica hacia sí mismo en el afán de parir mutaciones del espíritu, sin la amenaza de cicutas herbarias ni sociales; sin jueces ni verdugos.

Pero la felicidad viene en frasco chico.

Sócrates, ese otro experimento de la naturaleza, no nos dejó nada por escrito, pero tuvo discípulos: Platón, Jenofonte, Aristipo, Antístenes, lo rescataron del rincón de la ignominia para hacerlo inmortal y venerable. Primitivo, empero, convencido de que trascender entre los hombres no era algo particularmente dignificante, había sido mucho más eficiente en su propósito de no dejar vestigio de su existencia. Nos legó sólo anécdotas que se irían disolviendo en el torrente del tiempo hasta desaparecer por completo. Esta historia, por otro lado, esta flagrante traición a sus designios por la que espero ser perdonado algún día, es culpa mía, sólo mía.

Cuatro semanas después de la mudanza, Primitivo no atendía el teléfono ni respondía los mensajes. Los muchachos se preocuparon y decidieron que irían a verlo el siguiente fin de semana.

Al llegar les sorprendió encontrar los portones abiertos. La camioneta estaba allí, sucia, con los cristales cubiertos de polvo. La puerta de la casa también estaba abierta y, aún antes de atravesarla, un olor nauseabundo y dulzón les hizo fruncir la nariz y mirarse espantados entre ellos. Beato fue el primero en aventurarse a la recámara; entró, gritó un monosílabo y cayo de rodillas, juntando las manos frente al esternón e inclinando la cabeza hasta tocar sus dedos con los labios. Inocensio se asomó apenas, vio a Primitivo muerto sobre la cama, desfigurado, hinchado y gris, con un enjambre de moscas sobrevolándolo, y corrió afuera a vomitar.

Cuando todos salieron de la casa, consternados y con lágrimas en los ojos, Inocensio señaló con un movimiento de la cabeza hacia un enorme crótalo, una Tzabcan de más de metro y medio, pudriéndose en medio del patio, con la cabeza casi separada del cuerpo y cuatro o cinco machetazos en el lomo.

No hizo falta esperar el informe del forense para comprender que la naturaleza, furiosa por su propia omisión, resentida con la falta de ambición de Primitivo, había resuelto acabar con aquel experimento.

Cada vez que surge el tema en la cantina, y aún aveces sin que suceda, Beato insiste en que por la posición de las manos, tan juntas sobre el pecho: “Primitivo, el más ateo de los hombres, había muerto rezando...”; los demás continúan hablando o bebiendo, ignorándolo, como si nadie hubiera dicho nada.

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