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La recurrencia de su sonrisa

Sus pensamientos parecían mecerse en las ondulantes aguas de un mar calmo y oscuro. Emergían brevemente y volvían a hundirse en la negrura inescrutable. Por un momento pareció que flotaban e intentó abrir los ojos. Lo consiguió apenas. Una minúscula rendija enrejada de gruesas pestañas. La luz brillante velaba las imágenes que poco a poco se fueron aclarando lo suficiente para no reconocer el lugar, para saberse extraño entre extraños de batas blancas y uniformes azules.

Sonrió, o creyó hacerlo. Evocando la ironía planeada con detalle, hizo el intento de pensar, de tomar conciencia de lo que estaba sucediendo. Apenas pudo rescatar el confuso concepto de lo que había pergeñado. Era imposible verbalizar las ideas, pero no hacía falta, bastaba con evocar borrosas memorias. ¡Qué pena! Descubrir que podía razonar de esa manera recién ahora, tan tarde...

Su forma de odiar siempre había sido ingenua, sin saña, apenas un rechazo. Quizás por eso algo de lo que odiaba ahora trataba de "salvarle". Traficantes con licencia, sacerdotes de la ciencia con poder sobre la vida y la muerte ejecutaban sus rituales, asistidos por monaguillos con gorras de algodón azul. Captó claramente la idea de que, tal como su vida había iniciado con la firma de su acta de nacimiento, su muerte también dependería de la firma de alguno de estos macabros monjes con estetoscopios abrazando sus cuellos. Pero antes la liturgia del quirófano, la homilía del vademécum, la eucaristía intravenosa, el pitido de la extremaunción con línea plana en el monitor.

En ese vaivén de la consciencia el tiempo no puede medirse. Se hundió de nuevo en la negrura y regresó a la superficie sin cuándo. Creyó sonreír, o lo hizo. Notó el tubo de plástico en su boca y lo olvidó enseguida. Evocó el hastío, la penosa costumbre de tolerarse, su matrimonio agonizante desde hacía años, el amor reseco y mustio que lo había orillado a su plan perfecto. No era necesario que sufrieran los dos.

La conciencia no es buena cuando no te reclama nada, cuando no tiene por qué reprenderte, cuando es sólo una luz iluminando cosas que otros no ven, una carga, un agobio, un suplicio interfemoral (¡estaba verbalizando!). Añorando la danza de los conceptos, pensó con palabras: "interfemoral"... "el sexo está allí... y la hombría y la femineidad... por ahí nacemos... entre la fe y la moral". Sonrió satisfecho por la certeza de la lucidez, que ahora era de nuevo sólo un concepto, ya no una carga. Volvió a hundirse.

Un destello luminoso tensó todos sus músculos. Se sintió en el aire por un lapso indefinido. Llegó a percibir que a lo lejos alguien decía "No hay pulso, despejen". Condescendiente, volvió a sonreír. Todo estaba perfectamente planeado y recobrarse era imposible. Lo trataban por un shock insulínico, pero aquello era sólo una distracción para los galenos, una trampa. Desde hacía días se administraba dosis de ricina, acompañadas de morfina para ocultar los síntomas. Indetectable, intratable, irreversible. Otra vez se hundía y otra vez la luz cegadora y la contorsión y la sonrisa y el hundimiento, lento, profundo, obscuro, sin retorno. Nada.

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